Me conseguí para mi Kindle (enorme invento, por cierto. Lo recomiendo cada vez que puedo) uno de los libros de Ken Robinson: The Element.

Del autor había visto, hace tiempo, un video en YouTube de una charla TED, en la cual (luego me cayó la ficha) hablaba de esto que desarrolló en su libro.  Si no les interesa lo que yo tengo que decir de este libro, o si no tienen pensado leerlo, les recomiendo que, por lo menos, miren el video.

El libro, que hojeamos en febrero cuando tuvimos esa semana intensa con Silvia, encontró primero mi escepticismo. Mi reacción inicial fue: “otro libro de autoayuda…”.  Bueno, en parte seguramente lo sea. Pero también, en parte, The Element, si bien apela al sentido común -y está escrito de una manera amigable, que apela, justamente, al común de la gente- dice unas cuantas cosas ciertas e interesantes, y, lo más importante, genera un estado de ansiedad por a) aplicar lo que propone Robinson y b) obtener los resultados que Robinson promete que obtendremos si seguimos sus consejos.

The Element es, básicamente, un llamado a revolucionar la forma en la que nos comprometemos con la educación. Primero, rompiendo los paradigmas que gobiernan la educación hoy en día. Después, animándonos a lo desconocido, a lo incierto. La tesis principal de Ken Robinson es que el proceso educativo (y el resultado también) serían mucho más eficientes y productivos (lamentablemente, en muchas partes el autor recurre a esto, a la idea de ser “productivo” en términos de mercado; es uno de los puntos negativos del libro) si apeláramos a las potencialidades de los alumnos -y de nosotros mismos-. Acudir a los sitios donde podamos explotar nuestras mejores capacidades (las cuales están atrofiadas desde que nacemos y nos insertamos en el sistema educativo imperante), donde sintamos que somos buenos y, ante todo, felices, en lo que hacemos. Transportarnos adonde seamos creativos y talentosos. En fin, generar la posibilidad de sentirnos en nuestro “elemento”: “the place where the things we love to do and the things we are good at come together”.

Sin dudas, parece más fácil hacerlo que decirlo. Pero, en realidad, no tanto. La idea de que cuando hacemos las cosas que nos gustan hacer, todo sale mejor y más rápido, no es un mito. Con el apoyo de la comunidad escolar, ir generando espacios para explotar los talentos (empezando por el nuestro a la hora de ponernos al frente de un curso) no es tan difícil. Obviamente la perspectiva genera ansiedad. Pero, como coincidimos el otro día a través de Skype con Silvia, hay que empezar de a poco. One step at a time.

Creo que las mayores dificultades son, primero, conocer a los alumnos para captar cuáles son sus intereses y sus talentos. Creo que esta búsqueda es, también, difícil para los propios alumnos. Podríamos llevarla a cabo juntos, ¿no? Buscar y encontrar nuestras “capacidades naturales” dentro del aula, todos juntos, en el proceso de aprendizaje. La otra dificultad es el miedo que genera la idea de “perdernos” en el proceso. De perder el control en un escenario incierto y novedoso. Esta es MI mayor inquietud, por lo menos.

En definitiva, The Element es un libro interesante que apela a desprendernos de lo “establecido”, de lo que damos por sentado, para animarnos a algo nuevo… usar los talentos nuestros y de los alumnos como aliados en el proceso de enseñanza-aprendizaje.