Desde hace algunas reuniones por Skype con Silvia que me persigue la idea/perspectiva de darle el control a alumnos y alumnas sobre la “mayor parte posible” del proceso de aprendizaje en el que ellos y yo estamos embarcados. El problema principal era -y, honestamente, lo sigue siendo- mi estructura “old school” con respecto a la posibilidad de que, en un escenario incierto, yo pierda el control de aquello que yo supuestamente debería controlar.

Las reflexiones de nuestras charlas me llevaron a replantearme algunas cuestiones: ¿qué es el control? ¿Hay alguna posibilidad de que la delegación -de mi parte- del control sobre una parte del proceso de aprendizaje, y la toma del mismo -por parte de los alumnos- sea, efectivamente, una parte novedosa y útil en el proceso de aprendizaje? En otras palabras, ¿puede ser el hecho de “darle el poder” a los estudiantes un elemento que enriquezca la dinámica de enseñanza-aprendizaje (tanto para ellos, como para mí)? A propósito: hay un libro sobre este tema, y pienso leerlo en algún momento de este año. El comentario tendrá su propia entrada en este blog.

La fase de experimentación comenzó, por un lado, animándome a hacerlo (esto fue, aunque no lo parezca, el paso más complicado) y, por el otro, otorgando los derechos de posteo y edición del Classroom a los chicos y chicas de 3°A. El paso previo fue establecer las reglas que condicionarían, optimizándolo, el uso de la plataforma (qué se puede postear y qué no, con cuánta regularidad, etc.). Estas reglas fueron establecidas, consensuadamente, por los alumnos y por mí. Así que ya desde el momento inicial ellos asumieron la toma de decisiones como una potestad y, al mismo tiempo, como una responsabilidad. Ambas, como nos recuerda Peter “Spiderman” Parker, están íntimamente relacionadas.

La idea fue articular esta experiencia con otra, la de dejar de ser, los alumnos, simples “respondedores” de preguntas, para ser quienes las realicen. Apelar al metaaprendizaje, pensar “outside the box” y buscar el sentido último de las cosas, esa sería la meta. Al darle la posibilidad a ellos de manejar el timón del aula y del classroom, la búsqueda de estas preguntas (mucho más que la clásica “búsqueda de respuestas”) puede ser, sin dudas, mucho más genuina y, por lo tanto, eficiente, útil y significativa.

En el caso del Classroom, los chicos y las chicas comenzaron a postear notas y otros materiales acerca de temas como la discriminación y la violación de los derechos humanos. Los aportes debían ser significativos y llevar una leyenda que justifique la elección para compartirlos en la plataforma; luego, los compañeros comentaban y debatían acerca de los materiales socializados.

 

Fue quedando claro, con el paso de los días y el enriquecimiento del muro del Classroom, que el posteo mismo respondía a inquietudes de los alumnos, a ir más allá de los contenidos -vistos en clase- sobre el problema de la discriminación y de los derechos humanos. Esos posteos eran, primero, la respuesta que el alumno autor dio a su pregunta de, por ejemplo, “¿cómo se manifestó la discriminación en EEUU en los años 60?”, o “¿hay discriminación hoy en los colegios de EEUU? ¿Cómo se expresa y cómo se combate?”; y, luego, ellos mismos planteaban nuevas preguntas, tanto los autores, como sus compañeros, que accedieron al material y lo trabajaron desde sus propias perspectivas. Se fueron formando, así cadenas de preguntas y subpreguntas, a modo de fractales, las cuales profundizaron el nivel de reflexión sobre los temas prescriptos y, al mismo tiempo, inauguraron nuevos. Las ventajas de esto sobre la simple (aunque cómoda) dinámica del Q&A son evidentes e innegables. Y el hecho de que esas cadenas hayan surgido íntegramente de un proceso en el cual los propios alumnos tuvieron la iniciativa y el control potenció esas ventajas en medidas que todavía no he logrado cuantificar.