A partir de una charla que tuve con Silvia y que me llevó a emprender el camino de empoderar a los estudiantes, decidí aprovechar el encierro invernal forzoso y leer, en mi Kindle, Who Owns the Learning, de Alan November, publicado en 2012. Si bien el mismo está más que nada orientado a explorar las potencialidades de la era digital, algunas de las cuestiones que plantea –respecto, sobre todo, del cambio de perspectiva en cuanto a quién posee el poder en las relaciones de enseñanza-aprendizaje– pueden ser pensadas más allá del aula digital (e, inclusive, de la escuela en general).

 

 

 

 

 

 

Who Owns… es un libro corto y de lectura llevadera. La obra presenta una serie de reflexiones teóricas y casos prácticos respecto de, por un lado, el cambio de paradigma que supone la migración del protagonismo en el diseño y el control de los procesos de aprendizaje desde el docente a los alumnos y, por el otro, el rol de los docentes en este nuevo paradigma. Los casos en los cuales November analiza la aplicación del nuevo paradigma son cuatro, cada uno de los cuales se define por el rol papel que toman los alumnos en las actividades dentro del aula (real o virtual) y con respecto al currículum: escribas, diseñadores de tutoriales, investigadores y colaboradores-comunicadores globales. Más allá del contenido específico del libro, interesante, sin duda, me quedo con las cuestiones que me interpelaron a partir de la sensación que me quedó de las charlas con Silvia y del proyecto asociado, llevado a cabo en mi curso.

Más allá del contenido del libro (casos reales, diferentes formas de dar poder a los estudiantes), me quedo con las cuestiones que me interpelaron a partir de la sensación que me quedó de las charlas con Silvia y del proyecto llevado a cabo en mi curso. A medida que fui progresando con la lectura, fui coincidiendo más y más con muchas de las reflexiones que Eve compartió en su reseña: hay que aprovechar, cuando se pueda, las instancias en las que se puede hacer un reparto de roles y otorgar protagonismo a los alumnos, dar oportunidad de hacerse oír a las voces que no siempre se escuchan. Si nos ponemos de acuerdo en que el reparto de la propiedad de la enseñanza está, hoy en día, absolutamente desbalanceado (y de una manera claramente negativa), deberíamos aceptar que las ideas que los alumnos tienen respecto de cómo se comprometerían, ellos mismos, con su formación, están casi siempre absolutamente silenciadas, y que es necesario un cambio de paradigma. Creo que este es el mensaje más importante que transmite November. No es desde ya, un mensaje original. Pero la forma en la cual lo expone y lo refuerza es, sin dudas, efectiva. A mí, que estoy experimentando con un proyecto en el cual decidí empoderar a los alumnos, me sirvió de incentivo y para quitarme algo de la ansiedad que el experimento me generó. Es, quizás, este confort que genera su lectura (plantear cuestiones, generar curiosidad y ansiedad y responder a nuestros interrogantes con exactamente lo que queremos escuchar -o leer), lo que hace que sea un libro amable y de lectura llevadera.

Las ideas que más llamaron a mi reflexión fueron, por un lado, que la manera en la que el lugar en el que está situado el control sobre lo que acontece en el aula es una parte de la estructura y de la dinámica del proceso de enseñanza-aprendizaje, como así también lo es el hecho de mover de lugar ese control. En otras palabras:  que los alumnos tomen (o les sea dado) el control es parte de su proceso de (meta)aprendizaje. Y, por lo tanto, puede ser documentado, evaluado y sujeto a reflexión por parte de nosotros y de los alumnos.

Por otro lado, que el cambio en la relación entre docente y alumnos, el hecho de “flipear” (to flip, es decir, invertir) la dinámica del aula y empoderar a los estudiantes no solamente es parte del proceso de aprendizaje de los alumnos, sino que los convierte, a ellos mismos, en protagonistas a la hora de ayudar a otros (a terceros) a aprender. Los estudiantes se embarcan, ellos también, en un viaje de aprendizaje y enseñanza. De alguna manera, que se aprenda a enseñar, y que se enseñe para aprender. La excelente (porque yo me la comencé a hacer desde que leí el prólogo del libro) pregunta que November plantea a partir de esta nueva forma de pensar el aula es si, en esta nueva estructura y esta nueva dinámica, al docente le queda algún rol, o si pasa a ser simplemente un observador. Para tranquilidad de muchos de nosotros, el autor concluye que el rol del docente es, en este paradigma, más importante que nunca, puesto que adquiere el rol de acompañar a los estudiantes, de facilitarles las herramientas para que ellos se conviertan en diseñadores de contenido,  creadores de preguntas, solucionadores de problemas y transmisores de conocimiento. Es cierto: es mucho más fácil y cómodo entrenar para responder preguntas que formar a alguien para que haga las preguntas antes de pensar en las respuestas. Y, en este proceso, el alumno no solamente repite los contenidos del currículum, sino que entiende por qué el currículum está elaborado y organizado de esa forma. ¿Y qué se requiere de nosotros, docentes? Que seamos especialistas en generar los espacios para la expresión de los alumnos y para valorar sus contribuciones; docentes que escuchen.