Hace algunos meses, con bastantes reservas, comencé a aplicar Google Classroom en unos de mis cursos de 3er año del secundario, en la materia Ethics. En otro post, anterior, había hecho un comentario sobre el nivel de preparación que este lanzamiento requirió, las charlas previas con Silvia sobre este tema y, ante todo, las expectativas (positivas y también negativas) que tenía en los momentos inmediatamente previos y posteriores a comenzar con el proyecto. }

Visto en retrospectiva (porque acabo de entrar en ese viejo post pre-Classroom), mis expectativas negativas tendieron a cumplirse y mis miedos de ese entonces, a confirmarse. De todas maneras, el hecho mismo de que esta herramienta no haya funcionado de la manera en que yo esperaba, da pie a reflexionar sobre el tema, a preguntarse sobre el por qué y a extraer algunas conclusiones igual de importantes y significativas que si mis deseos, con respecto a este experimento, se hubiesen cumplido.

Más allá de las potencialidades que presenta Classroom, sobre todo con respecto a la posibilidad de compartir, comentar y resignificar contenido de distintos tipos, así como sus virtudes en materia de colaboración y de comunicación, el gran problema de esta herramienta es que su debilidad opaca sus fortalezas; sus fallas hacen, por lo tanto, replantearse la idea de acudir a ella. ¿Y cuál es su debilidad? En realidad, no es una debilidad exclusiva de Classroom; es algo más o menos común a todas estas aplicaciones: la dependencia de un estímulo para generar actividad de parte de los miembros. La primera forma que encontré para estimular la participación fue la de la pregunta-respuesta. Esto hizo de la dinámica algo unilineal y, francamente, aburrido. Los alumnos del grupo se limitaban, básicamente, a contestar preguntas. Claramente, no era la idea de este año y del trabajo con Silvia.

Entonces, después de pensar mucho y de una charla con Silvia , decidí cambiar la perspectiva del aula virtual, del Classroom, y darles a los chicos y chicas del curso el poder, el control (parcial, es cierto, pero control al fin) sobre lo que estamos viendo en clase. Inicialmente la cosa funcionó muy bien, hubo entusiasmo y el proyecto se perfilaba como promisorio. Sobre esto reflexioné en mi post sobre “Empowering the Students“.

Pero, a medida que pasaron las semanas, y sobre todo durante las vacaciones de invierno, el entusiasmo desapareció. Las entradas de ellos que siguieron, las preguntas, el tell me more, las reflexiones sobre el qué y el por qué de lo que estamos estudiando, fueron cada vez más un resultado de un pedido mío de que “utilicen el Classroom”. Tenían el control del Classroom, de lo que posteaban y de lo que respondían y comentaban… pero no lo usaban. Insistir en que postearan, cuando ellos tenían el control de hacerlo y no lo hacían, se transformó en algo absurdo.

Sobre el por qué de la caída del entusiasmo todavía no terminé de reflexionar. Puede deberse a la sobriedad del diseño de Classroom, o a algún otro avatar de la herramienta y del trabajo online en general. ¿Puede haberse debido a los contenidos de la materia o a la naturaleza de los alumnos? Es poco probable, porque esas preguntas y aportes que faltaban en Classroom aparecían cada vez que nos reuníamos presencialmente. Por cierto: esto le dio una pequeña satisfacción a mi orgullo old school analógico-de papel, carne y hueso-pre redes sociales.

Lo que sí terminé aceptando es que, en un entorno en el cual los alumnos tienen el control sobre lo que estudian y sobre sus actividades, no postear es una decisión tan válida como hacerlo. Resistirse es mejor a resignarse. Y nos convoca a trabajar sobre esa resistencia, a reflexionar sobre ella.