Reflexionando sobre la Práctica Educativa

Otra materia fascinante. Tenemos tan poco tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos a veces. Si bien este blog fue creado para darme este espacio, tenía la sensación de que me faltaba algo. De la mano de María Eugenia Podestá y Mariana Luzuriaga pude ir transitando un camino arduo en el mundo de la reflexión sobre mi propia práctica.

El mayor desafío no fue reflexionar (en este caso sobre mi propia biografía escolar y profesional), sino que fue ANALIZARLA. Analizar mi propia reflexión desde el marco teórico, con bibliografía muy concreta que aportara una visión más amplia y formal, además de más calificada (porque se trata de experto en el tema). Fue una experiencia que tengo que admitir me pareció rara. El primer intento de analizar mi relato autobiográfico salió raro, porque en el relato hablaba obviamente en primera persona, pero el análisis lo escribí en tercera persona. Como si yo me hubiera disociado y me analizaba a mi misma pero desde otra persona (un poco como Maradona…). Como hubo una instancia de compartir nuestros relatos y análisis con compañeros del posgrado y todos recibimos un feedback (valor-me pregunto-sugiero), lo que más les llamó la atención a mis colegas fue esta disociación. Como si la Evelyn ¨madura¨ y ¨profesional¨ estuviera viendo de lejos a aquella Evelyn adolescente, que atravesó su etapa secundaria sin pena ni gloria. Y me resultó muy interesante este meta-análisis, porque me siento alejada de aquella que fui. Sin embargo, profundizando, me reencuentro a través de mis alumnos.

La segunda cosa que me sorprendió de este trabajo que fuimos construyendo a lo largo de las semanas, es cómo muchos autores dedican su tiempo a esta temática y encontrarme con una validación desde el marco teórico a aquello que yo había vivido como alumna, o vivo ahora como docente, me dio -cómo decirlo – ¿tranquilidad?

Quiero compartir el siguiente fragmento de mi análisis:

¨Reinterpretando estas experiencias, me lleva a reflexionar sobre aquello que describe A. Alliaud (2004), quien recoge datos de muchos autores que sostienen que la propia trayectoria escolar de un docente – esos 15 años que transitó por la escuela como alumno- es la que lleva a una interiorización del modelo de enseñanza. “La docencia se caracteriza por ser una profesión que se desarrolla en un lugar conocido de antemano, vivido y experimentado por los sujetos durante muchos años en etapas decisivas de la vida; a diferencia de otras profesiones, en las cuales uno tuvo quizás encuentros más ocasionales” (Alliaud, 2004: 8). También tomo en consideración el caso particular de este relato, ya que desde hace 7 años me desempeño como docente en esa misma escuela que padecí, o aguanté. ¿Cómo se explica que una experiencia como la relatada de como fruto una docente que vuelve a ese mismo lugar? ¿Es un intento inconsciente de reparación? Lo dice el trabajo de Alliaud en el análisis de los análisis autobiográficos de muchos de los docentes: “Es interesante señalar que en algunas historias la vuelta a la escuela como maestro (quizás allí antes que en el momento de optar por la profesión), produce la reactivación de aspectos negativos o puntos oscuros de la propia historia escolar y familiar que se pretenden “reparar”, “curar”, evitando que a otros les pase uno padeció”¨

A continuación les comparto mi relato autobiográfico. Les ahorro el análisis porque ya sería infinito de leer. Me parecería sumamente interesante leer relatos autobiográficos de trayectorias escolares y profesionales de colegas: ¿Qué los movió a ser docentes? ¿ Hubo algún docente que les marcó -ya sea como ejemplo o contraejemplo- sus decisiones? ¿Cómo vivieron de distinto el colegio y los estudios superiores? ¿ Qué parte de ustedes mismos se reconocen en sus alumnos y cómo trabajan con eso?

¨Desde chiquita que me gusta la naturaleza. Me emociona, me fascina. Siempre intuí que había algo fascinante en la diversidad de la vida, en sus múltiples mecanismos y manifestaciones. Era una chiquita curiosa que vivía ene l jardín observando, recolectando e investigando.
Hasta que entré al colegio. Una primaria algo olvidada y signada por la timidez. Lamento tener que decir que también mi paso por la escuela secundaria pasó sin brillo ni gloria. Algo en mí se durmió. Empecé a no entender, no me sentía segura para preguntar, perdí el interés. Me da vergüenza hoy admitir que pasé esta etapa sin comprender química, ni mucho menos física. Mecanizaba la forma de resolver problemas (qué dato tengo, cuál me piden, qué fórmulas puedo aplicar). Nunca entendí qué significaba un vector de fuerza, de Lavoisier me impactó solamente su muerte en la guillotina, sabía la regla del octeto y podía saber si un cobayo con pelo rizado y manchas marrones lo había heredado de manera recesiva de sus progenitores. Perdí el interés. Supuse que tenía que ser así, que el colegio es un aburrimiento. Que los laboratorios de científicos o los expedicionistas de la National Geographic eran personas muy especiales que habían tenido algún tipo de suerte particular en la vida. No se parecía en nada a lo que me estaba pasando. En ese momento no tenía ni siquiera la capacidad de reflexionar sobre eso, de hacerlo consciente.
No tengo recuerdo de profesores que me hayan marcado. Tampoco los recuerdo con resentimiento, sentía simplemente que estaban allí haciendo su trabajo respondiendo a un sistema que se les imponía, una estructura prearmada que no tenía que ver con mis intereses.
Pero mi curiosidad por la naturaleza que tenía desde chiquita, en mi época en que juntaba hormigas o armaba pequeñas enciclopedias de animales domésticos, o lloraba de pena por la extinción de felinos, había quedado latente en algún lugar. Y en el momento en que llegó la decisión de estudiar en la universidad, refloté aquella idea que me había surgido ya a los 10 años: el de ser bióloga. Me di cuenta de que el amor por la naturaleza no se había frustrado por la experiencia escolar y tenía ganas de enfrentarme a aquellos saberes que se me habían presentado lejanos e incomprensibles durante la secundaria.
Y así me lancé a la aventura en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales en 1992. Fue la época posiblemente más linda de mi vida, porque me di cuenta de lo hermoso que era sentir que aprendía, aprendía, aprendía. Me llenaba de aprendizaje, no me entraba. De repente ya no era un ser pasivo que no entendía. Si no entendía me preocupaba por hacerlo. Fue una experiencia diametralmente opuesta a mi etapa escolar.
Y entré a un laboratorio y no salvé animales de la extinción, pero sentí que estaba haciendo algo importante, investigando en el Mal de Chagas. Durante mi tesis doctoral tuve un jefe en Francia que era una persona terriblemente especial y me marcó. Me marcó porque era una persona muy viejita y muy sabia y muy culta, pero además me prestaba atención. Yo sentía que veía en mi algo que no habían visto antes, ni mis maestros, ni mis profesores, tampoco mi director de tesis ni mis colegas. Siento que profesionalmente fue la primera persona que me valoró. Se lo agradezco siempre.
Y no quiero culpar al colegio ni a mis pobres docentes, no, pero no me sentí valorada. Eran otras épocas, y cada uno tiene su momento.
Hoy, ya grande, abracé finalmente la docencia. Movida por mi propia experiencia como mamá, por la maravilla que me producía ver crecer a mis hijos, oírlos preguntar e investigar, aprender. Siguiéndolos en el colegio, todo me intrigaba, quería ser parte y entender ¿cómo aprenden?.
Mi paso por el profesorado lamentablemente no fue muy distinto de lo que fue mi época en el colegio. No es que no entendía, sino por lo poco significativo que me resultó la propuesta.
Los comienzos fueron distintos a lo imaginado, un día me encontré frente a 20 alumnos y me di cuenta de que estaba sola, con las teorías del desarrollo del niño de Piaget y los conocimientos de nuestras accidentadas leyes de educación desde la ley Saez Peña, pero no mucho más.
Pero supongo que “caminante no hay camino, se hace camino al andar” y en el camino se me fueron abriendo puertas a esta nueva e increíble etapa: la de enseñar ciencias a estos adolescentes, para que abracen el aprendizaje con más alegría, que disfruten, que comprendan profundamente, que gracias a ello puedan agradecer la salud que tienen, la belleza que hay en la vida, para que sean seres pensantes y críticos. Y así como mi jefe en Strasbourg me valoraba, y eso me cambió mucho la personalidad y mi autoestima, sé que quiero también eso para mis alumnos. Encuentro en muchos de ellos a aquella Evelina de hace 30 años. Y busco la manera de descubrir en ellos cuán especiales son, cada uno con su particular inteligencia, cada uno a su manera. Quizás mis profesores querían lo mismo, hoy intento de que se haga realidad. ¨

 

 

One Response

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  1. Marianita 14th junio 2019 at 7:37 pm | | Reply

    Muchas gracias por compartir tu experiencia… debe ser difícil analizarse a uno mismo como estudiante… creo que lleva un trabajo muy importante de introspección (además de que, pensando en vos como estudiante, creo que inevitablemente empezás a pensar en vos como profesora…)

    Además, me causa mucha gracia como en un mismo post citás a Antonio Machado y a Diego Maradona jajaja!!! Lo que me hiciste reír…

    Con cariño,
    Marianita

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